Diario · Cuerpo
Triste pero, primero Dios, bien cogida
Ansiedad, rechazo, deseo y la guerra con mi cuerpo durante uno de esos días en los que todo se siente demasiado.

Hoy me siento triste. Amanecí con ansiedad. Dormí raro. Mi casa es un desastre. Y yo también.
Extraño un montón a J. Me hace una falta que me arde. O eso siento en este momento de exageración y vacío. Como si algo me faltara. Como si yo sola no bastara. Y no conforme con hacer detox de J, también le añadí alcohol, cigarro, papitas.
Bueno... cigarro dos. Fumé otro el sábado que tuve show. Y uno ayer. Pero regreso a intentar hacerlo mejor hoy. Un día a la vez, un cigarro a la vez, un sentimiento a la vez.
Ayer había quedado con J. para hacer una llamada. Y aunque yo le iba a cancelar (porque me fui con otro culo que al final me dejó plantada —terrible), ni siquiera me escribió.
Y sentí bien feo. Porque lo extraño muchísimo. Pienso en él un montón. Y no creo que él piense en mí.
Por más que quiera creer que sí le gusto, que sí me quiere, cuando se comporta tan frío y cortante… es bien doloroso.
No lo entiendo. Y aunque sé que él funciona así, a mí me lastiman sus actitudes. Como si no hubiéramos pasado una semana mágica. Como si yo me la hubiera inventado sola.
Estoy llorando mientras escribo esto, sintiéndome una tonta. Extrañando a alguien que probablemente no me extraña. Dedicándole energía a un ser que quizás ni siquiera piensa en mí.
Nunca lo sabré. No me ha permitido entrar del todo. Qué basura.
Ayer fingí que no me importaba. Pero sí me importa. Sí me duele que haya quedado conmigo… y luego silencio. Y eso que no es su estilo. Siempre que se compromete a algo, al menos me escribe.
¿Debería escribirle?
Y me di cuenta de algo más incómodo: persigo pitos.
Pensé que ya no lo hacía. Pero ayer me caché otra vez en el mismo patrón.
Y hoy, como cereza en el pastel, voy a ir a un hotel a ver a un hombre que ni siquiera conozco en persona. Me invitó ayer a su “partido de basketball” —que no era basketball, eran unos payasos con pelotas. Mi nombre no estaba en la entrada. Se fue a una fiesta. Y no me invitó.
Y aquí estoy, apurándome a escribir para ir por un pito negro.
Me ponen mal esos hombres negros. Y no, no es (solo) por el mito de que están bien dotados. Tal vez ustedes creen que me vuelven loca por eso… pero la realidad es más compleja (obvio, soy yo).
Tiene mucho más que ver con su altura. Generalmente es más fácil que sean más altos que yo, o al menos, los que me salen en Bumble lo son.
Y a mí, un hombrazo de 1.90 que me abrace y me suba como si midiera yo 1.60 metros… pfff, me desarma.
¿Será deseo real? ¿Será una fantasía que no es mía? ¿Será el mito? ¿Será que me gusta sentirme chiquita?
No lo sé. Lo que sí sé es que ya me voy al hotel.
Y que esto, claramente, lo tengo que hablar con mi psicóloga.
A veces no me doy cuenta de que regreso a patrones de complacencia con los hombres. Como si no me sintiera merecedora de que estén conmigo.
Como con este hombre de hoy: altísimo, guapísimo, fit. Y lo primero que pienso es: “Ay no, yo estoy gordita, tal vez no le gusto.”
Y muchas veces lo que les gusta a ellos es precisamente mi lonja. Pero yo me siento insegura a su lado. Como si mi cuerpo mereciera menos por ser grande. Como si él me estuviera haciendo el favor de estar conmigo. ¿Tiene sentido?
Esta guerra con mi cuerpo parece que nunca termina. Es cansada.
A veces me siento la más deliciosa del mundo. Y otras, tengo la sensación de que solo estorbo. Que no quepo. Que soy muy grande.
Creo que es la primera vez en mucho tiempo que tengo una relación cordial con mi cuerpo. Pero eso no significa que no aparezcan estos pensamientos intrusivos. Como el de hoy.
No puedo creer que tantas mujeres (o la mayoría) no estemos conformes con lo que tenemos. Me intimida ver a una mujer más flaca que yo. Me da envidia.
Y al mismo tiempo, muchas veces me doy cuenta de que el cuerpo que tengo es el que a mí me gusta. Suculento. Rico de agarrar. Con curvas.
Pero también sé que no lo cuido como debería. Todo lo contrario. Le meto grasa. Humo. Ansiedad.
Como por ansiedad a veces en las madrugadas. Puedo ya haberme lavado los dientes y me despierto a comer papas. Como si fuera una muerta de hambre. Y luego… la culpa.
La maldita culpa.
Como ya empecé, mejor no paro. Y no son solo papas. También dulces, chocolates, alitas, lo que sea. Lo que esté a la mano.
Ya estoy llena pero no puedo dejar de comer. Y luego me acuesto en el sillón, con un sentimiento de vacío, con culpa de que una vez más no me pude controlar.
Tan llena que casi no puedo moverme. Y así, llena, me quedo dormida. Con esa sensación: otra vez no me cuidé. Otra vez no lo logré.
Y la gente dice: “No comas tanto.” Ah, claro. Qué pendeja. ¡No se me había ocurrido!
También dicen: “Haz ejercicio.” Pero no hay nada que me cueste tanto como la disciplina del ejercicio.
Una verdadera tortura.
No me gusta. Me cuesta. Lo suelto. Y al mismo tiempo… lo amo.
Cuando ya estoy dentro del loop, lo disfruto muchísimo. Siempre me siento mejor. Nunca me arrepiento.
Pero lo difícil es empezar.
A veces lo logro tres meses seguidos. Y basta una excusa para que lo suelte y me desaparezca otros tres.
Y me encanta cómo se ve mi cuerpo cuando se mueve. La nalga paradita. El hombro marcado. Me veo suculenta.
Pero el problema es mantenerlo. Es un logro que todavía no desbloqueo.
Y todo esto sale porque estoy vulnerable. Porque no me siento amada. Y eso pica cada inseguridad que tengo.
Y una de ellas es mi cuerpo. Mi hermoso cuerpo. Mi cuerpo que amo y adoro con todo mi corazón.
Y sí, he intentado hablarle con amor. Me doy cuenta de todo lo que le digo en un solo día.
Cuando me cacho siendo cruel, siempre compenso. Siempre le digo algo bonito.
Es una locura lo que el sistema ha hecho con nosotras. Rompernos. Hacernos sentir insuficientes. Para que llenemos el vacío con productos que no necesitamos.
Qué verdadera mierda.
Y con esta emoción de rechazo, de no sentirme amada, me voy a bañar… para ir a que me la metan un poquito.
Triste. Pero bien cogida. Seguro mejora el día.
Bueno… ojalá que me cojan bien. Jajaja.
M.