Diario · Viajes
¿Cómo sobrevivir a mis múltiples personalidades?
Lola quería divertirse, Ramona quería castigarla y yo necesitaba recordar que cuidarme no significa dejar de vivir.

Otro viaje, otro avión, otra desmañanada. Viajar se volvió tan parte de mi vida que a veces ya ni lo noto, aunque, siendo honesta, sí cansa. Pero también me recuerda cada vez que esta vida la elegí yo.
Viajar me sacude, me incomoda, me reta, me expande. Me hace ver que mi cabeza y mi mundo se pueden seguir abriendo como una puerta que nunca termina de encontrar tope. Y sí, viajar es un privilegio. Poder viajar y vivir de lo que amo, todavía más.
Hoy voy camino a Cancún, no por trabajo, sino por puro placer: familia, sol, descanso, pero sobre todo Paula, que me hace falta cuando estamos lejos. Este año lo hemos estado. Y siempre que la veo, es carcajada garantizada. Vengo con toda la actitud de permitirme divertirme, porque me di cuenta de que el último mes y medio me estuve castigando.
Lo que pasó en Valencia me pegó más de lo que acepté. Lo sigo trayendo en el cuerpo, en la memoria, en esa parte mía que todavía no suelta. Y esta semana entendí que me quité la diversión.
Literal castigué a Lola: la encerré en un cuarto imaginario, como diciendo “tú no sales porque te portas mal”. Como si no existiera, como si no fuera parte de mí, como si no fuera necesaria para mi propio equilibrio.
Para quienes no tienen idea de quién es Lola, que deben ser casi todos: es uno de mis alter egos. Lola está loca, ama la fiesta, ama a los hombres, es divertidísima… pero también es impulsiva. Podría terminar inhalando cocaína del culo de alguien, no tanto por la fiesta, sino porque no sabe decir que no. Porque es complaciente. Como yo. Como todas mis versiones.
Estar en una situación de riesgo, en un cuarto de hotel, al otro lado del mundo, paralizada sin hacer nada, sí fue una manera de protegerme… pero también fue complacencia. No saber irme. No saber decir que no. Y en lugar de abrazarme por eso, de entender de dónde viene ese miedo, decidí castigarme.
Cuando lo que necesitaba era compasión.
Amor.
Abrazar a esa niña chiquita que se muere de miedo de decir “no” porque teme ser rechazada, dejar de gustar, dejar de ser querida. Esa niña que aprendió que la forma de pertenecer era pasando por encima de sí misma.
A veces doy tanto que me olvido de mí. Si yo me cuidara como cuido a quienes amo, mi historia sería otra. Y claro, cada quien carga su batalla: las que damos de más, las que solo saben recibir, las que aprendimos torcido, las que estamos reaprendiendo.
Y como soy complaciente, entendí que “lo correcto” era quitar a Lola, quitarme la diversión, porque en el fondo sentía que no la merecía. ¿Cómo iba a pasármela bien después de haberme puesto en riesgo así?
Se me olvida que somos humanas. Que la vida es una colección de eventos afortunados y desafortunados, y que estamos aprendiendo todo el tiempo. Que la experiencia humana duele tanto como brilla. Que nada es blanco y negro. Y si le quito la diversión, ¿qué me queda?
Se me olvida que un rato con amigas te reinicia el alma. Que una tarde de porros, cervezas y risa es medicina. Que cuidarme mejor no significa castigarme más.
Y claro: la que castiga siempre es Ramona. Por si ya la habías olvidado.
Ramona es el alter ego del “deber ser”. La que creció en ambiente panista, donde aspirar a familia tradicional era destino obligado, donde abortar era pecado y los gays eran unicornios mágicos. Ramona vive para el “qué dirán”. Necesita ser vista como “una mujer bien”. Y para ella, Lola es un peligro público.
Ramona no es justa. Solo es dura.
Y sí, también es parte de mí.
Pero esta vez se pasó.
Aunque me siento orgullosa de que solo me haya tomado mes y medio darme cuenta.
Todo empezó con la culpa de haberme tomado un carajillo con ron Zacapa en Guatemala. Porque claro: “no merezco diversión”. Y porque después de Valencia decidí dejar el alcohol, pero otra vez, desde el castigo.
Un detox sí era necesario, porque mi cuerpo ya pedía descanso después de tantas cañas y tintos de verano. Pero también tuve que preguntarme: ¿desde dónde estoy decidiendo? Porque si algo tengo clarísimo es que no quiero volver al cigarro. Pero… ¿beber? ¿Soltarme? ¿Reírme? ¿Una noche random con amigas?
Sí, claro que se puede sin alcohol.
Pero seamos sinceras… con alcohol es más divertido.
Así que aquí voy, rumbo al año 1 de mi sobrina AE, escribiendo prácticamente un manifiesto para justificar por qué esta semana sí voy a beber y por qué seré el alma de la fiesta infantil. Porque vine a gozar. A reír. A reconectar con la parte de mí que hace equilibrio.
Me permito la diversión.
Me perdono.
Suelto lo que pasó.
Aprendo de ello.
Y, sobre todo, me prometo cuidarme y respetarme… el resto de mi vida.
M.